domingo, 29 de marzo de 2009

Capítulo 1. Conocer a Bruno: ¿casualidad o destino?

No creo en el destino. Siempre he pensado que es determinista y que no te deja poder de elección. Creo, al mejor estilo de Silvio Rodríguez, el cantautor cubano, en "Causas y azares": que la vida te presenta azares y los dejas pasar, o los tomas convirtiéndolos en tus causas.

Bruno cree en el destino. Para él, las cosas no pueden ser tan "casuales" en la vida. Todo se conjuga para que “lo que tiene que pasar, pase”.

Cómo llegué a conocer a Bruno es algo que, hasta la fecha, me deja perpleja. ¿Por qué? Porque nos conocimos justo en el momento indicado, ni un mes antes (durante el cual él no me hubiera localizado), ni un mes después (momento en el que Bruno ya no hubiera estado más en Costa Rica). Ambos discrepamos en darle la misma procedencia a esta fortuna de elementos coincidentes, él insiste en que fue el destino y yo en que fue el azar.

En fin, les contaré algunos acontecimientos preliminares y luego cómo nos conocimos, y ustedes juzgarán si fue la casualidad o el destino lo que nos unió.

Hoy día, es común que las personas se conozcan a través de Internet, y además, cuentan con una gama muy amplia de medios para contactarse. Pero..., cierren sus ojos e imagínense en Costa Rica, en 1997..., aún más, remóntense hacia atrás en el tiempo hasta 1995, ahí iniciaré mi historia.

Aproximadamente en julio del 95, por recomendación de una amiga, me había suscrito al "Club de la Amistad", de un sitio en español que, en aquella época iniciaba este tipo de comunidades en nuestro idioma. Yo no tenía ni idea de que esas cosas existieran, pero mi amiga, más avezada en la tecnología, por su trabajo con una empresa finlandesa, era toda una experta en el tema.

La forma de contactarse era a través de correo electrónico y, a excepción de alguna mensajería establecida con una o dos personas, mujeres españolas de mi edad, con una situación parecida a la mía, recién divorciadas, con hijos adolescentes o pequeños, la cosa no pasó a más. El Club de la Amistad quedó en el olvido muy pronto.

En octubre de 1997, en la institución en la que laboraba, me asignaron un puesto que estaba relacionado con el uso educativo de Internet en las escuelas públicas del país. Y en el mes de noviembre, el servidor de correo de la organización, y al que pertenecía mi cuenta, sufrió un problema técnico grave y pasó más de un mes antes de que lograran restaurarlo. Vale decir que, en ese momento, yo no pagaba ningún servicio personal de correo electrónico, por lo que dependía de ese servidor para enviar y recibir mensajería.

En diciembre, me avisaron que los servidores ya funcionaban y que se había restablecido el servicio de correo, pero que era necesario estar realizando pruebas como usuario, para constatar que el servicio estaba funcionando al 100%.

Así que, disciplinadamente, me conectaba con el viejo módem, y su característico sonido (que algunos tal vez recuerden todavía), unas cinco veces al día, enviando y recibiendo correos.

En esta situación me encontraba el 16 de diciembre del 97, vísperas de las vacaciones de Navidad y Fin de Año. Cuando llegué a la oficina, abrí el correo y me encontré un mensaje con el siguiente asunto:

Subject: de ciudadfutura

El remitente era un tal Bruno con apellido italiano. Antes de abrir el mensaje, dos cosas me llamaron la atención:
1- Ya ni recordaba que existía Ciudad Futura y su “Club de la Amistad”, ¿cómo fue que reflotó después de casi dos años de estar yo fuera de escena?
2- ¿Cómo era que un italiano me escribía desde un sitio en español? (Obviamente, tener apellido italiano no significa necesariamente que la persona viva en Italia y solamente hable ese idioma, pero en ese momento pesaba más la extrañeza que la lógica).

Abrí el mensaje y me encontré un texto muy corto en español. Como quien no quiere la cosa, esa persona había escrito tímidamente en un solo renglón:

“Te deseo una feliz navidad y un excelente 1998 Bruno”

(Nota: el texto es una copia fiel de los mensajes originales, ya que siempre he guardado los respaldos de correo, sobre todo, después de la caída del servidor y, aunque tuve que hacer una búsqueda exhaustiva para encontrarlos, aparecieron para mi dicha, mi memoria, y la recreación de esta historia. ¡Imagínense, correos de hace 12 años!)


Mi respuesta tendría que ser igualmente escueta, porque su mensaje no daba para más, así que me limité a responder en forma breve, más por cortesía que por interés:


“Bruno:
Gracias por tus deseos. Yo también espero que lo pases excelentemente.
Chao.
Julia”

Al día siguiente, viernes, celebrábamos la fiesta de salida a vacaciones y yo no tendría contacto con el correo electrónico hasta el 3 de enero del 98, fecha de regreso al trabajo.

De vuelta a la oficina, el 6 de enero recibí otro correo de Bruno, nuevamente con el asunto “de ciudadfutura”. “¡Caramba! -me dije- Este quiere hacer amistad.”

El texto del nuevo mensaje decía lo siguiente:


“Julia espero que este año que empezó te dé lo mejor
que sea bueno en todos los sentidos y como dicen aquí CON TODA LA PATA
saludos Bruno TEL XXX-XXXX”


¿Cómo? ¿Leí bien? El texto rezaba: “…como dicen aquí CON TODA LA PATA”.
O sea, ¡el hombre estaba en Costa Rica!

Es importante mencionar que para ese momento, yo llevaba 4 años divorciada (de un matrimonio de 21 años) y no tenía ganas de iniciar alguna relación. Me sentía muy bien como estaba y no me complacía la idea de andar probando suerte aquí y allá, el sólo hecho de pensarlo me provocaba náuseas. Así que ese correo me hizo entrar en pánico, porque una cosa es hacer una amistad virtual, con gente que se encuentra a miles de Kms. y que, probablemente, no vas a ver nunca (como “mis amigas españolas”) y otra cosa es establecer contacto con alguien que está en tu país, a pocos kilómetros, o en el peor de los casos, a pocos metros de tu casa y que no tienes ni idea de cuáles pueden ser sus intenciones. Además, yo no era ninguna adolescente, era una mujer de 43 años, jugando a ser moderna con esas novedades del Internet, pero la verdad, mi esquema tradicional de las relaciones, me decía que “las personas NO se conocen de esa manera”. Me debatía entre seguir mis convicciones tradicionales o lanzarme a las nuevas formas de relacionarse.

“Bueno, pero qué me pasa –trataba de convencerme a mí misma- total si este tipo está en el país, debe ser un turista que pronto partirá, así que no hay nada peligroso en que nos escribamos. Y otra cosa, yo no lo llamaré por teléfono, está loco si cree que voy a hacerlo, ni siquiera para enterarme si el # telefónico es de un hotel”.

Al fin, ganó mi curiosidad por saber si vivía en el país o no, así que aplaqué un poco mis recelos y decidí responder a su mensaje.

Mi respuesta fue:

“Bruno:
Espero que así sea para ti también. Y ya que mencionas nuestros dichos, espero que todo te salga ¡PURA VIDA!
¿Vives en Costa Rica, o estás de paso?
Suerte.
Julia”

La suerte estaba echada, si vivía en Costa Rica, las cosas se iban a poner incómodas para mí, porque tendría que tomar decisiones, justo lo que no quería hacer por esa época. Por otro lado, el correo de pronto se había tornado interesante.

En el siguiente correo que envió, tres semanas después, me dijo que tenía 2 y ½ años de vivir en Costa Rica y que se dedicaba al comercio. También escribió que el correo era un medio “muy frío” y me volvió a dar su teléfono. “¡Zaz! ¡Ahora sí! ¿Qué hago?” –pensé- ¿Por qué no se limita a conversar por el correo? ¿Por qué quiere que yo lo llame? ¡Eso no lo voy a hacer!”.

Y muy dignamente le contesté:

“Bruno. Hola.
Me parece buena tu idea de hablar por teléfono. El único inconveniente que tengo es que en esta época del año estoy dando capacitaciones y pocas veces me encuentro en la oficina.
En mi casa estoy después de las 9:00 pm o fines de semana.
Mi teléfono es XXX-XXXX
Hasta pronto.
Julia”

En el correo que respondió el 20 de enero, a la única parte que le puse atención fue:

“…por la hora no te hagas problema, llama cuando quieras eso es mejor porque así no interrumpo tus horarios. Cuando quieras tomas el teléfono y con un "hola Bruno" comenzamos a conocernos más. Que tengas un buen día. Bruno”

“¡Qué hombre más necio! ¡Hasta aquí llegó la cosa, -me dije- porque YO no lo voy a llamar!” Y no le contesté el correo.

En fin, la cuasi relación se había reducido a 4 correos y justo ahí llegaba a su fin, “apague y vámonos…”. Quedaba patente que ninguno de los dos quería dar el brazo a torcer sobre quién daría el primer paso y por lo visto, la cosa moría antes de nacer.

Continuará…

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